Arde la ciudad
El cacerolazo del jueves por la noche fue indudablemente la protesta más grande desde la reacción a favor del campo en 2008, lo cual no significa necesariamente que vaya ni en esa dirección ni en otra en particular. Ni siquiera era completamente contra el gobierno, ya que la protesta tenía un tono que recuerda el “que se vayan todos” contra los políticos en general que impregnaba los levantamientos de 2001; el evento caóticamente espontáneo expresaba mucho más una frustración por una oposición impotente que la instigación alegada por el gobierno (el cual contradictoriamente también se consoló con la ausencia de un opositor que lo capitalizara claramente). Sin embargo, fue aún menos una luz verde para avanzar en la campaña por un tercer mandato de la presidente Cristina Fernández de Kirchner; de hecho, el rechazo a esa perspectiva y a los abusos de poder probablemente hayan sido las principales quejas en medio de una multitud de reclamos, incluyendo las restricciones sobre el cambio. Los problemas como la inseguridad, la inflación y la corrupción también tuvieron su lugar en la protesta del jueves por la noche luego de años de su exclusión sistemática de la retórica oficial.
Algo casi tan importante como las causas reales de las protestas es la percepción que tiene el gobierno de ellas (en privado más bien que en público). La interpretación oficial de una minoría obsesionada por el dólar expresando su indignación podría convencer al gobierno de CFK de limitarse a aguantar, pero (especialmente si estas protestas persisten) también podría llevarlo a buscar un chivo expiatorio para reconquistar a la clase media. En ese caso, el candidato principal sería indudablemente el titular de la AFIP Ricardo Echegaray; al frente de las restricciones a menudo improvisadas y arbitrarias impuestas sobre el cambio con una frecuencia que parece casi cotidiana (a pesar de tratarse a menudo de medidas desestimadas hace mucho tiempo que ahora están siendo aplicadas), además de tampoco estar completamente al margen del principal escándalo de corrupción de la ex-Ciccone Calcográfica. En el caso menos probable de que se reconozca la indignación por la inseguridad o la inflación, los ministros a cargo de esas áreas podrían ser reemplazados, pero los poderes detrás de estos tronos (Sergio Berni y Axel Kicillof, respectivamente) probablemente prefieran quedarse donde están.
Entonces, ¿cuánta importancia tuvo la protesta? Es fácil minimizar su importancia numérica, con quizás no mucho más de 150.000 manifestantes en todo el país (llegando a las cinco cifras sólo en Córdoba y Mendoza, además de esta metrópolis), pero ¿alguien diría que los ataques contra la embajada de los Estados Unidos en el Cairo carecieron de importancia porque sólo participaron unos pocos miles de los 20 millones que residen en esa ciudad (mientras tampoco representarían al mundo árabe)? En este contexto, a la noche del jueves le faltó una semana para ser una “Primavera Argentina”. Habrá que ver cómo sigue.


















