Tuesday
September 2, 2014
Saturday, February 25, 2012

Sangre en las vías III

Hasta el momento, alrededor del 95% de los más de 700 heridos en el desastre ferroviario del miércoles han salido del hospital, y nadie sigue desaparecido pero los 51 muertos nunca volverán. Éstas son las verdaderas víctimas, y no un gobierno que busca lavarse las manos a través del simple recurso de convertirse en co-querellante, pero al haber abordado ya este punto en el editorial de ayer, y considerando que se está repitiendo ampliamente en otros medios, no lo desarrollaremos aquí.

En lugar de ello, quisiéramos nominar a otra víctima de este accidente para tomar su lugar detrás de las únicas verdaderas víctimas, los muertos: el sistema ferroviario argentino. Hay demasiado material rodante que data de hace 50 años, y eso ya nos dice que ningún gobierno se ha tomado en serio la inversión en el sistema ferroviario desde la presidencia de Arturo Frondizi. Al igual que en muchos aspectos más de la vida argentina, los verdaderos villanos fueron las juntas militares de 1976-83, que desmantelaron y redujeron a su mínima expresión una red ferroviaria de unos 40.000 kilómetros. Pero la década de Carlos Menem (1989-99) no ayudó, al llevar adelante un proceso de privatización que se pareció más a la liquidación de activos. Lo que ahora es casi una década kirchnerista (desde 2003) recibió una herencia nefasta, pero varios pilares de sus políticas sólo han servido para perpetuar el desgaste del sistema ferroviario. En primer lugar, el llamado “modelo productivo” parece apuntar mucho más a los consumidores en todos los niveles, y los trenes no son una excepción: se desplegaron subsidios masivos de casi 750 millones de dólares todos los años con el fin exclusivo de mantener baratos los boletos de tren (una política que se está reconsiderando), y no para invertir en la puesta a punto de una infraestructura obsoleta. En segundo lugar, una alianza estratégica con los camioneros (también en reconsideración) ha llevado a una preferencia marcada por el transporte por ruta en vez por ferrocarril en las políticas de transporte nacionales. En tercer lugar, la inclinación kirchnerista por el capitalismo amigo guiado por el Estado (como los hermanos Cirigliano) ha resultado ser contraproducente en este caso, como reconocido por la mayor parte del gobierno.

Los muertos han sido enterrados, y casi todos los heridos han sido dados de alta, pero aún no tenemos la última palabra sobre las consecuencias políticas, quizás porque el gobierno no sabe a quién responsabilizar y tampoco controla el relato; no sólo no conoce las causas exactas del desastre, sino que aún debe decidir cuáles prefiere que sean. Al culpar excesivamente a la empresa TBA que administra la línea Sarmiento, asume la carga de una responsabilidad que intenta eludir. Una responsabilidad que aún podría volver a atormentarlo.

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