Volver al futuro
Si bien el Día del Militante Montonero conmemorado el viernes pasado no formó parte de los numerosos feriados agregados en los últimos años, la ocasión (el 42° aniversario de un tiroteo en una pizzería entre montoneros en fuga y policías bonaerenses, resultando en la muerte de dos líderes guerrilleros) recibió más reconocimiento oficial y cobertura que nunca. Entre los montoneros recordados tan obsesivamente y la masiva meditación encabezada por Ravi Shankar el fin de semana (por más que no fuera el músico que tocaba la cítara junto a los Beatles), pareciera que de repente este país retrocediese medio siglo. Montoneros fue un anacronismo en su época, al tomar su nombre de los rebeldes del interior que se remontaban hasta las guerras de independencia dos siglos atrás. En suma, un anacronismo de un anacronismo cuyos métodos fracasaron, entonces, ¿qué serían hoy? Volvemos al futuro, pero ¿a qué futuro?
Estas preguntas sobre el futuro también pueden responderse mirando al pasado. Varios analistas se quejan porque el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner está girando a la izquierda, pero ¿a cuál de los distintos regímenes de izquierda producidos por el siglo XX? Si observamos el culto a la nostalgia montonera o la agrupación juvenil La Cámpora, podemos recordar el maoísmo y la ”Gran Revolución Cultural Proletaria” de China (el secretario legal y técnico de la presidencia Carlos “Chino” Zannini a menudo es descripto como ex-maoísta, pero quizás deberíamos reconsiderar el prefijo “ex”). Sin embargo, si nos concentramos en el ascenso meteórico del viceministro de Economía Axel Kicillof y su insistencia sobre la planificación estatal omnipresente, se parece más a alguna especie de neo-stalinismo (al menos de los planes quinquenales bajo el Gosplan, cuando no de las purgas). Pero quizás el primero sirva para esconder al segundo. La nostalgia montonera y el entusiasmo por la “juventud maravillosa” no sólo sirven como barniz romántico para las ambiciones más prosaicas (más allá de su retórica, los cuadros de La Cámpora aspiran a ser burócratas cómodos, y no gue-rrilleros fuertemente armados), pero también distrae la atención del control estatal que se extiende al 45% de la economía.
Por más que los homenajes del viernes a la “soberbia armada” de la violencia política y el terrorismo extremo (desviándose de la agenda de derechos humanos de encontrar a los desaparecidos) deban entenderse como nada más que un intento por glorificar los juegos de poder y ambiciones más mundanos, el gobierno está jugando un juego peligroso. Si a las alabanzas a los montoneros se agregan a la indulgencia hacia los barrasbravas y las “salidas culturales” para los presos, la gente podría empezar a preguntarse si hay más que pura retórica en juego.


















