Sunday
May 19, 2013
Wednesday, September 5, 2012

¿Industria contra comercio?

La mejor manera de evaluar el discurso pronunciado el lunes a la noche por la presidente Cristina Fernández de Kirchner en el Día de la Industria no es desglosando sus palabras ­—ni debatiendo la validez del fárrago de datos sobre el rendimiento industrial argentino, los rankings y las inversiones, ni tampoco disputando su insistencia sobre un tipo de cambio siempre competitivo, o su asombrosa negación de las restricciones a la importación como una “mito urbano”—­ sino comparándolas con la realidad de las políticas actuales. Y esa realidad es que en las últimas semanas, la Argentina ha intensificado su guerra económica contra el resto del planeta ­—los Estados Unidos, Japón, México, etc., y la Organización Mundial de Comercio (OMC) en su conjunto—­ con un proteccionismo que perjudica la industria manufacturera que se propone beneficiar. Este proteccionismo es hostil hacia el crecimiento impulsado por las exportaciones (hasta el extremo de imponer retenciones a la exportación) en nombre de las políticas de sustitución de importaciones que CFK también suele llamar “reindustrialización”, pero nunca es ni una cosa ni la otra; el mercado doméstico argentino de 40 millones es esencialmente demasiado pequeño para ofrecerle a la industria economías de escala interesantes, pero las políticas a favor del consumo alimentan continuamente la demanda local más allá de la capacidad del abastecimiento doméstico. Los fabricantes argentinos tienen todas las desventajas de un tipo de cambio que los vuelve menos competitivos en el exterior, sin disfrutar de la libertad de importar que les permitiría normalmente ese tipo de cambio.

El proteccionismo le niega a la industria el beneficio de la última tecnología (tal como lo confirman los precios locales de los artículos electrónicos más modernos) y la participación en las cadenas globales de valor cada vez más cruciales para una economía competitiva y próspera en el mundo de hoy; cadenas que operan en unidades regionales sobre la base de altos volúmenes tanto de exportaciones como de importaciones en el marco de lo que se ha llamado la “tercera revolución industrial”. La inversión, la productividad, y en última instancia, el empleo, son áreas que se verán perjudicadas a medida que la Argentina queda rezagada mientras el proteccionismo suscita represalias, poniendo en riesgo los mercados en donde el país es competitivo (en especial la agricultura).

Sin embargo, no es tanto el hecho como el estilo del proteccionismo argentino lo que genera rechazo; su improvisación, falta de sutileza y complejidad irritantes. Por ejemplo, si al gobierno no le gusta que la gente gaste en el exterior, ¿por qué no imponer un masivo impuesto sobre los vuelos al exterior en vez de este laberinto exasperante de controles sobre el cambio y restricciones a la importación (con una nueva restricción dispuesta cada día por el AFIP sobre las compras en el exterior) que está destruyendo el comercio? En lugar de ello, sólo podremos anticipar una multiplicación de las restricciones después de su encendida defensa en el discurso presidencial por el Día de la Industria.

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